El persistente eco del modelo hetero
Durante décadas, la lucha del movimiento LGBT+ se centró en el derecho a ser «normales». Queríamos que el Estado y la sociedad nos permitieran lo que a los demás les venía por defecto: el contrato matrimonial, la protección de los hijos y el derecho a la propiedad compartida. Logramos derribar las puertas del registro civil, pero en el camino, parece que compramos el paquete completo sin leer la letra pequeña.
Por José Montoya
Hoy, al hacer scroll en Instagram, vemos a la «pareja perfecta» de chicos G: ambos con cuerpos de gimnasio, una casa con estética de catálogo y, cada vez más frecuente, el anuncio de un bebé en camino. Es la «Casa de Barbie» versión Pride. Y la pregunta es inevitable: ¿Estamos cumpliendo nuestros deseos o simplemente estamos perfeccionando un libreto que no escribimos nosotros?
¿Estamos cumpliendo nuestros deseos o simplemente perfeccionando un libreto que no escribimos nosotros?
El modelo heteronormativo de éxito (pareja monógama + casa en los suburbios + descendencia) ha sido, históricamente, una herramienta de control social y económico. Como gays, nuestra gran ventaja competitiva siempre fue la libertad de inventar nuestras propias reglas. Fuimos los inventores de las «familias elegidas», de las redes de apoyo que no necesitaban un lazo de sangre para ser sagradas.
Sin embargo, hay una presión silenciosa —y a veces feroz— por encajar en este nuevo «estándar de respetabilidad». Querer casarse, tener hijos y una casa hermosa no tiene nada de malo, siempre y cuando nazca de una necesidad genuina del alma y no de un hambre de validación. El peligro reside en creer que, si no alcanzamos ese ideal de revista, nuestra vida es incompleta o «menos ciudadana».
- ¿Qué pasa con los que eligen la soltería como un espacio de autodescubrimiento?
- ¿Qué pasa con las relaciones abiertas que desafían la posesión?
- ¿Qué pasa con quienes deciden que su legado no es un hijo, sino su arte, su activismo o su libertad financiera?
La verdadera rebeldía radical, esa de la que tanto hablamos en estas páginas de aniversario, no consiste en rechazar el modelo hetero por sistema, sino en tener la valentía de preguntarnos: ¿Esto es lo que yo quiero, o es lo que me dijeron que debía querer para ser aceptado?
Celebrar la vida «en clave G» debería ser, ante todo, habitar una arquitectura propia. Que nuestra «Casa de Barbie» tenga los colores que nosotros elijamos, o que ni siquiera sea una casa, sino un viaje constante. Al final del día, la única estructura que debe sostenernos es nuestra propia autenticidad.
Publicado originalmente en Revista G #36, Puerto Rico.
